El jueves de camino a Málaga nos cruzamos con una buena tormenta. Era como si lanzaran cubos de agua sin parar, incluso con abundante granizo que se iba amontonando en carretera y arcenes, hasta formar montículos semejantes a cuando acostumbra a nevar. El agua comenzó a llenar todos los ríos de la zona que al instante se colorearon con barro rojo, depositándolo en las proximidades de las desembocaduras y un poco más adentro, en el mar. Una insólita mezcla de colores (azul del mar, arena blanca arrastrada de la playa y barro rojo de la montaña) en el paisaje, semejante a la de un cuadro impresionista.















